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1° de julio de 1974 

El 1ero de Julio de 1974, a las 13,15 horas, falleció el presidente Juan Domingo Perón. Había regresado definitivamente a la Argentina, a su Patria, un año antes: en 20 de Junio de 1973. Había ganado las elecciones del 23 de septiembre para convertirse en el único hombre en ser elegido tres veces para ocupar la Primera Magistratura de la Nación. Asumió el 12 de Octubre. Ese día exhortó “a todos los argentinos, especialmente a los peronistas” a ponerse “al servicio de la reconstrucción de nuestra Patria”. Gobernó en un tiempo convulsionado que, presagiaba, la locura de los años del plomo. Sus restos fueron trasladados el 2 de julio a la Catedral Metropolitana donde se realizó una misa de cuerpo presente y de allí, el féretro, en una cureña flanqueada por granaderos, llegó al Congreso de la Nación donde fue velado hasta el 4 de julio a media mañana. Más de un millón de argentinos despidieron al líder más importante del siglo XX.

1° de julio de 1974 

Residencia de Olivos. Ocho y media de la mañana. Ese día, el General se despertó una hora más tarde de lo acostumbrado. Los médicos habían recomendado reposo absoluto para evitar las alteraciones cardíacas. Cuanto más durmiera, mejor, le explicaron. 

Estaba con buen ánimo y decidió levantarse a desayunar junto a su esposa. Después, se instaló en su reposera y miró por la ventana. Vio a las palomas que se juntaron en el hall, esperando las migas que solía tirarles cada día. Lo llamó a Esquer, el jefe de su custodia, y le pidió que las alimentara, “sobre todo a las más golosas”, le dijo.

Hacía dos días, desde el sábado 29 de junio, que había delegado la presidencia en Isabel, con un acta de traspaso (…) “Ahora llega el momento de demostrar que ese aprendizaje no fue tarea inútil ni desaprovechada”, le dijo Perón a su mujer mientras la tomaba de la mano. Isabel le recordó que había despedido a sus dos anteriores esposas: “Te vas a acordar Perón de tu pálpito, cuando te despidas también de mí, que tengo mucha menos salud que vos”, le mintió Isabel.

Al día siguiente, domingo 30 de junio, mandó a llamar al capellán del Regimiento de Granaderos a Caballo, padre Héctor Ponzo. “Yo mismo le administré la confesión y la comunión; y el lunes 1ero, aproximadamente a las diez y cuarto, le administré la Unción de los Enfermos, con su propio consentimiento y con muestras visibles de estar agradecido”, aseguró el cura.

Antes de eso, Perón pidió que convocaran a Gustavo Caraballo, el secretario técnico de la Presidencia. Le ordenó que estudiara la posibilidad de que, a su muerte, el poder pasara directamente a manos de Balbín, en presencia de Isabel y López Rega, quien protestó contra esaidea. El funcionario le señaló que existían enormes dificultades legales. Minutos después volvió a llamarlo y le dijo que abandonara el análisis de la cuestión. “Pero, de todos modos, nunca tomes una decisión sin consultar a Balbí”, le pidió a su mujer. 

El último con quien conversó fue con el doctor Cossio. El médico le preguntó cómo había pasado la noche y le respondió: “Si no lo mandé a llamar fue porque esta noche no fue peor que otras”. Después, con su habitual sentido del humor, lo mandó a caminar por el jardín para que se le aliviara la lumbalgia: “Yo por lo menos ando derecho”, bromeó. 

Cuando Cossio estaba por salir de la habitación, Zulema, la mujer que lo asistía, la misma a la que le había dicho unos meses antes que soñaba con volver a la casa de Gaspar Campos para cuidar las plantas, gritó: “Doctor, el General se descompuso”. Había sufrido un paro cardíaco. Lo reanimaron, pero al poco tiempo, la enfermera Norma Baylon lo escuchó decir: “Esto se acabó”.

Media docena de médicos del equipo del Hospital Italiano se arremolinaron a su alrededor, le hicieron un cateterismo, le inyectaron un diurético, le practicaron masajes cardíacos, respiración boca a boca, le aplicaron un desfibrilador. Lo recuperaban y lo perdían. En medio de las maniobras, el General tomó del brazo a uno de los médicos y le rogó “Déjeme en paz, m’hijo. ¿No ve que todo es inútil?”.

(Este texto pertenece al libro “PERÓN. Una biografía del Sigo XXI de la historiadora Araceli Bellotta)

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