El Bombardeo
“Y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños”
Pablo Neruda
El 16 de junio de 1955, a las 12.40 del mediodía, el cielo sobre la Plaza de Mayo, de por sí nublado, se oscureció aún más por el vuelo de 40 aviones de la Marina y la Fuerza Aérea que comenzaron a arrojar bombas buscando impactar en la Casa Rosada. El objetivo era asesinar a Perón, pero mataron a más de 350 argentinos, medio centenar de ellos, criaturas en edad escolar.
El día había amanecido lluvioso. Perón llegó como siempre al amanecer a Casa Rosada. “Al pedo pero temprano” era uno de sus dichos predilectos. Su primera reunión fue con el general Carlos Jáuregui, jefe de la SIDE, quien traía rumores sobre que, un desfile aéreo programado para ese día, podía ser aprovechado para bombardear la Casa de Gobierno. Por ese motivo, el Presidente trasladó su despacho al Ministerio de Guerra, cruzando la avenida Paseo Colón.
A las 12.40 del mediodía, Perón pudo escuchar el sonido inconfundible de aviones de combate. Luego supo que eran de la escuadrilla de patrulleros Espora de la Aviación Naval, coordinados por el almirante Samuel Toranzo Calderón y comandados por el capitán de navío Enrique Noriega. Era un ruido inesperado, nuevo en esa Buenos Aires que se estrenaba como la primera capital de Sudamérica en ser atacada desde el aire por sus propias fuerzas armadas.
A esa hora comenzó el bombardeo y ametrallamiento de la Plaza de Mayo, con epicentro en la Casa Rosada, sobre la que cayeron 29 bombas. En total, en ese primer ataque, se arrojaron 10 toneladas de explosivos.
También habían tomado el Aeropuerto Internacional de Ezeiza para garantizar el reaprovisionamiento, y un grupo de comandos civiles y marinos copó Radio Mitre, desde donde comenzó a irradiarse una «proclama revolucionaria». El primer ataque aéreo duró poco menos de una hora.
El plan de los atacantes, cuyas aeronaves llevaban pintadas en sus colas una “V” y una cruz que significaba “Cristo Vence”, tenía como objetivo central el asesinato del presidente de la Nación, pero Perón no estaba en la Rosada.
A las 15.10 se inició la segunda gran ola de bombardeos, más prolongada y nutrida que la anterior, a la que se sumaron unos pocos sublevados de la aeronáutica. Volvieron a machacar sobre casa de gobierno, cuyo segundo piso se derrumbó en gran parte y agregaron otros objetivos: el Departamento de Policía, la CGT y la residencia presidencial de capital, situada en el predio que hoy ocupa la Biblioteca Nacional.
El bombardeo metódico (más de 100 bombas) duró hasta pasadas las 16:30, cuando los atacantes, comprendiendo que el intento de golpe había fracasado, huyeron en masa al Uruguay: 122 oficiales de ambas armas, un civil y 36 aviones.
En la Plaza de Mayo y sus alrededores quedaron los cuerpos de 355 civiles muertos, y los hospitales colapsaron por los más de 1200 heridos, según relata el informe especial que se mandó a confeccionar sobre el tema durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner: 50 eran niños, escolares que habían llegado a la plaza en una excursión. Fueron reconocidos por sus guardapolvos blancos.
Este acto ha sido descripto por historiadores como el “más sanguinario, despreciable y fratricida” del que se tenga memoria en nuestro país y probablemente la del mundo, a menos en los últimos siglos. Fue el globo de prueba con el que los golpistas midieron la reacción de la sociedad ante el golpe de Estado que ya preparaban: la Revolución Libertadora que, tres meses más tarde, derrocaría al gobierno democrático de Juan Domingo Perón y abriría una sangrienta saga de golpes militares y terrorismo de Estado hasta la recuperación definitiva de la democracia en 1983.
